La pregunta sobre quién domina el mundo entero ya no admite una respuesta unipolar. El marco analítico que Noam Chomsky planteó en 2016, centrado en la hegemonía estadounidense y sus ramificaciones militares, sigue siendo un punto de partida válido, pero el tablero geopolítico de 2026 exige nuevas categorías. Nos encontramos ante una redistribución del poder que opera simultáneamente en el plano militar, regulatorio, tecnológico y comercial.
BRICS ampliado y la disputa por las reglas comerciales globales
El bloque BRICS ha dejado de ser un foro consultivo. Desde su ampliación en 2024-2025, agrupa a once Estados miembros y diez países socios, concentrando en torno a la mitad de la población mundial, alrededor del 40 % del PIB global y una cuarta parte del comercio internacional, según datos del Gobierno de India en 2026.
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Estas cifras indican algo más que crecimiento demográfico acumulado. El Sur Global articula un poder colectivo capaz de disputar reglas comerciales, digitales y energéticas a Occidente. La Organización de Cooperación de Shanghái y los propios BRICS funcionan como plataformas donde potencias medias coordinan posiciones en organismos multilaterales, negociaciones energéticas y estándares tecnológicos.
El eje EEUU-China sigue siendo la rivalidad estructural dominante, pero reducir el análisis a ese binomio ignora la capacidad de bloqueo y negociación que estos bloques ejercen. India, por ejemplo, juega un papel bisagra, participando en foros occidentales y en BRICS sin alinearse plenamente con ninguno.
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Europa como potencia regulatoria frente a las big tech
La Unión Europea no compite en términos militares con Estados Unidos ni con China. Su palanca de influencia global es otra: la capacidad normativa para imponer estándares que las grandes tecnológicas deben cumplir.
Desde el Reglamento General de Protección de Datos hasta la reciente legislación sobre mercados digitales e inteligencia artificial, Bruselas ha convertido la regulación en un instrumento de poder. Las big tech diseñan productos globales que deben pasar el filtro europeo, lo que otorga a la UE una influencia desproporcionada respecto a su peso económico relativo.
En España, la CNMC ha advertido del dominio de Amazon y Microsoft en los servicios en la nube, señalando un alto poder de mercado que condiciona a empresas y administraciones públicas. Este tipo de análisis sectorial refleja una preocupación creciente: la dependencia tecnológica europea respecto a infraestructuras controladas por corporaciones estadounidenses.
El retraso español en acciones colectivas digitales
España presenta un desfase específico. Mientras otros Estados miembros avanzan en la implementación de mecanismos de acción colectiva frente a prácticas abusivas de plataformas digitales, el marco jurídico español avanza con lentitud. Esto limita la capacidad de consumidores y pymes para ejercer presión efectiva sobre actores que operan a escala global.
El resultado es una paradoja: la UE legisla con ambición, pero la transposición y aplicación en Estados como España no siempre sigue el mismo ritmo. La potencia regulatoria europea funciona mejor como amenaza que como ejecución efectiva en todos sus territorios.
Gasto en defensa y la posición de España entre las potencias militares
España ha roto un techo histórico en gasto militar, colándose entre las quince potencias mundiales que más invierten en armamento. Este dato, que habría resultado impensable hace una década, responde a un contexto europeo marcado por la guerra en Ucrania y la presión de la OTAN para que sus miembros alcancen compromisos de inversión más ambiciosos.
- El incremento del presupuesto de defensa español no obedece a una doctrina estratégica propia claramente definida, sino a la adaptación a exigencias aliadas.
- El jefe del Estado Mayor de la Defensa ha pedido públicamente que España no renuncie a lo que define su identidad estratégica, un discurso que señala tensiones internas sobre el modelo de seguridad.
- La dimensión europea de la acción exterior española, analizada por el Real Instituto Elcano, sigue siendo el eje principal, pero la presión atlántica gana terreno.
El gasto militar no equivale a influencia geopolítica. España invierte más, pero carece de una estrategia exterior autónoma que traduzca ese gasto en capacidad de proyección real. Varios analistas señalan la ausencia de estrategia como el problema de fondo.

Multilateralismo en crisis y el vacío de liderazgo global
El orden multilateral construido tras 1945 atraviesa una fase de erosión acelerada. Las instituciones diseñadas para gestionar conflictos y comercio global (ONU, OMC, FMI) mantienen su estructura formal, pero su capacidad operativa se reduce ante los vetos cruzados y la fragmentación en bloques.
Ningún actor controla el sistema internacional de forma unilateral en 2026. Estados Unidos conserva la mayor capacidad militar y el dólar como moneda de reserva, pero su influencia diplomática se ha visto erosionada. China proyecta poder económico e infraestructura a través de sus rutas comerciales, pero enfrenta resistencias crecientes en el Indo-Pacífico y en Europa.
El concepto de «dominación mundial» se ha fragmentado en dominios sectoriales:
- Militar: Estados Unidos mantiene superioridad convencional y nuclear, con China acortando distancias en el Pacífico.
- Regulatorio: la UE impone estándares globales en protección de datos, IA y mercados digitales.
- Comercial y energético: los BRICS ampliados disputan las reglas del juego a las instituciones de Bretton Woods.
- Tecnológico: un puñado de corporaciones estadounidenses y chinas controlan infraestructuras digitales de las que dependen Estados soberanos.
Formulada con rigor, la respuesta a quién domina el mundo entero es que la dominación se ha convertido en un mosaico de hegemonías parciales y superpuestas. El libro de Chomsky sigue siendo lectura obligada como marco crítico, pero el mapa de poder que describía se ha vuelto considerablemente más complejo.
Para España, el reto no es elegir bando, sino definir una estrategia que convierta su posición geográfica, su pertenencia a la UE y su creciente gasto militar en influencia real, algo que, a día de hoy, sigue pendiente.